• La Verdad del Sureste |
  • Martes 23 de Enero de 2018

EL INFORME BLOOMBERG, SE AHONDA LA BRECHA DEL INGRESO


Abel Pérez Zamorano



Recién publicó Bloomberg su lista de multimillonarios del mundo, encabezada esta vez por Jeff Bezos, fundador y director de Amazon, cuya fortuna aumentó durante el año pasado en 34 mil 200 millones de dólares, para acumular un total de cien mil millones. Carlos Slim ocupa el séptimo sitio global con un acumulado de 62 mil 300 millones, habiendo registrado un aumento de 12,500 en un año: 25% en relación con enero de 2017; haciendo un sencillo cálculo, su fortuna aumentó a razón de 1.4 millones de dólares por hora, cantidad que al tipo de cambio actual, representa 26.6 millones de pesos. Para el caso de México, las fortunas de las seis personas más acaudaladas suman 102 mil millones de dólares.
    Para poner lo anterior en perspectiva, según Bloomberg lo que acumulan los 500 más ricos creció en un billón de dólares y suma 5.3 billones; añade que si toda esa riqueza se sumara y se convirtiera en un país, tendría el PIB número cuatro mundial. Hoy por hoy la fortuna de Jeff Bezos supera el Producto Interno Bruto anual sumado de ¡más de cien países! Abundando sobre esta tendencia global, cada año Credit Suisse (empresa de servicios financieros con sede en Zúrich, Suiza) presenta un informe de la riqueza global; en el de 2016 reportaba que 1% de los adultos más ricos posee el 51% de la riqueza en el mundo y, en contrapartida, la mitad más pobre de los adultos posee el 1% de la riqueza; el 10% más rico detenta el 89% del total. También en el año 2016, Oxfam informa que 1% de la población mundial tiene más riqueza que el 99% restante.
    Mas como todo en la vida implica su contrario, frente a esta tremenda acumulación, para muchos glamorosa y deslumbrante, se alza, terrible, la pobreza creciente de la gran mayoría, cuyo ingreso se reduce cada vez más a la sobrevivencia. En México, el salario mínimo aumentó en noviembre pasado ¡en ocho pesos!: de 80.4 a 88.36 pesos; y según el Inegi, 7.85 millones de empleados, muchos de ellos jefes de familia, perciben un salario mínimo. Divididos esos 88 pesos entre cuatro personas que, según el mismo instituto integran cada familia, a cada una corresponderán 22 pesos al día ¡para atender todas sus necesidades! Oficialmente, el año pasado el número de trabajadores que ganan entre uno y dos salarios mínimos fue de 24.5 millones, 47% de la población ocupada; casi la mitad de los asalariados perciben hasta dos minisalarios, hoy 176 pesos, que, divididos entre cuatro, corresponden a 44 pesos diarios por persona. Recordemos aquí, aunque sea de paso, dos referencias: primero, la OCDE señala que en México se pagan los salarios más bajos de todos los países de ese grupo de naciones; segundo, en informe de hace unos meses la CEPAL reporta que México registra las tasas más bajas de crecimiento del salario real en América Latina y El Caribe.
    Aquí habría que añadir que toda esta desenfrenada acumulación es “legal”, es decir, opera estrictamente dentro del marco de la ley, formalmente “sin corrupción”, lo que nos permite decir, de paso, que aunque se eliminara la corrupción gubernamental, aun así este enloquecido proceso proseguiría, pues no está ahí su causa. Y también la pobreza de la mayoría es un hecho legal, e igualmente la falta de recursos del gobierno. Ante esta perniciosa tendencia muchos analistas o politólogos ofrecen explicaciones triviales, moralizando el fenómeno y atribuyéndolo a factores superestructurales: puramente jurídicos, éticos, políticos, a “la codicia”, “la insensibilidad” u otras causas de índole subjetiva, y hasta natural: “está en la naturaleza humana”. En realidad debemos entender que la acumulación desmedida es solo la resultante necesaria, lógicamente esperable, del funcionamiento del modelo económico-político vigente, que no está concebido para distribuir riqueza. Por eso se engañan quienes hacen abstracción de la causa estructural y centran su crítica en las personas, protegiendo así, consciente o inconscientemente, al modelo. Atacan efectos sin entender correctamente su causa.
    Esta última radica en que el modelo está diseñado precisamente para fomentar la acumulación mediante la cancelación de derechos laborales y la fijación de salarios a un bajísimo nivel; también por la vía de que los grandes corporativos empresariales no paguen impuestos (como la reducción fiscal que acaba de lograr Trump para los potentados de su país, y para él mismo): México es, de facto, un paraíso fiscal. Agregado a ello, incluye canalizar el gasto público hacia las grandes empresas en forma de subvenciones. Para que ocurra tan exorbitante acumulación, han de mermarse también los ingresos fiscales, reduciéndose así los recursos disponibles para atender las necesidades populares; de ahí que ante el reclamo social de atención, la sempiterna respuesta de los funcionarios sea “no hay, no hay”. Así, el gobierno no capta todo lo que pudiera, como hacen países como los nórdicos o Canadá, para redistribuir la riqueza; como agravante, parte de lo poco que recibe el fisco es escamoteada al pueblo por motivos políticos e ideológicos inherentes al modelo mismo, cuando no es que abiertamente malversada.
    Estamos, pues, frente a un complejo engranaje que opera en pro de la acumulación. Y es curioso que aunque mucho se habla del cambio de personas o de partidos en el gobierno, extrañamente nadie, entre políticos y politólogos de izquierda o de derecha, propone cambiar el modelo. Se oculta así lo esencial: que la acumulación no es un asunto, en su esencia, ni de corrupción, ni una deformación moral, sino la consecuencia natural, necesaria, de un modelo económico diseñado ex profeso, del que se deriva la correspondiente estructura económico-política. Y muy importante, de aquí se sigue que, quienes lo han diseñado, lo regentan y se benefician de él, no van a eliminarlo; sería iluso esperarlo. Y entonces, ¿qué puede hacerse? ¿Qué le queda a la sociedad para frenar y revertir esta tendencia? Hasta donde se ve, la única solución viable es una activa participación, pacífica, de la sociedad civil, organizada y consciente de sus derechos, políticamente educada.
    Y a este respecto no deja de ser sorprendente que intelectuales y líderes que opinan en los medios, o desde la cátedra, se muestran preocupados, a veces hasta indignados, por este ahondamiento en la brecha del ingreso y el empobrecimiento de la mayoría, como si les doliera realmente. Sin embargo, poniendo en duda la autenticidad de sus preocupaciones, nada hacen en la práctica para revertir esta tendencia: solo opinan; lo peor de todo es que cuando otros hacen algún esfuerzo, aunque sea modesto, por superar este estado de cosas, buscando activamente una distribución más equitativa de la riqueza, se les rechaza y censura acremente. Considero que al menos merecerían respeto quienes no solo se preocupan, sino, como suele decirse, se ocupan de hacer algo en bien de los damnificados por la acumulación.
   


Versión completa del documental "Esto soy" sobre la vida de Andrés Manuel López Obrador, producido por Verónica Velasco y Epigmenio Ibarra.

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