• La Verdad del Sureste |
  • Domingo 31 de Agosto de 2025

Los chapulines:

La perpetuación del poder en México

 

Publicado el:


En México, el fenómeno de los "chapulines"  no es un hecho aislado, sino un reflejo de la dinámica estructural del sistema político mexicano. Lejos de ser un movimiento ideológico, este cambio de siglas revela que la política en México no se trata de partidos, sino de quién representa los intereses de los grupos de poder fácticos: empresarios, cúpulas económicas, militares y, en algunos casos, incluso actores vinculados al crimen organizado.

Veremos las razones detrás de la migración de priistas a MORENA, analizando cómo este fenómeno perpetúa un sistema de poder inmutable, carente de transformación profunda, y cómo la falta de memoria histórica y educación cívica de la población permite que estas prácticas persistan.

 

Un juego de intereses, no de ideologías

 

El sistema político mexicano ha sido históricamente un tablero donde los partidos son meros instrumentos al servicio de grupos de poder. El PRI, durante sus siete décadas de hegemonía, perfeccionó un modelo donde las lealtades se construían no en torno a principios ideológicos, sino a redes de clientelismo, favores y control de recursos. A pesar de la actual narrativa de ruptura con el pasado, no se ha desmantelado este sistema; por el contrario, ha evolucionado.

 

Los "chapulines" priistas que hoy engrosan las filas de otros partidos no son traidores a su origen, sino operadores experimentados que reconocen en ser chapulín un nuevo vehículo para mantener su influencia. Este movimiento es análogo al canje de placas en los estados con cada nueva administración: un cambio estético, superficial, que no altera las dinámicas de fondo. Los mismos actores, con nuevas siglas, continúan representando a los mismos intereses.

 

La desmemoria histórica

 

Uno de los pilares que sostiene este sistema es la falta de memoria histórica en la población mexicana. La ciudadanía, en su mayoría, no dimensiona el poder real de los políticos más allá de la figura del presidente, a quien se le atribuyen tanto los éxitos como las desgracias del país. Esta percepción simplista lleva a elecciones desinformadas, donde los votantes eligen candidatos sin conocer su trayectoria, sus alianzas o los intereses que representan. Los chapulines priistas, con su experiencia en el arte de la negociación y la supervivencia política, aprovechan esta desmemoria para reinventarse como figuras renovadas bajo la bandera de MORENA, sin que su pasado sea cuestionado. La ausencia de un escrutinio crítico por parte de la sociedad permite que estos actores reciclen su influencia sin rendir cuentas.

 

Un crisol de intereses contradictorios

 

MORENA, presentado como un proyecto de izquierda transformadora, se ha convertido en un espacio donde convergen los intereses que mueven al país, muchas veces en contradicción con su discurso original. En sus filas existe una defensa a interéses como los del magnate Fernando Chico Pardo (quien más vio crecer su fortuna en el sexenio pasado), cúpulas empresariales como la COPARMEX, el ejército, y políticos con señalamientos por vínculos con el crimen organizado, algunos de los cuales enfrentan investigaciones. Esta amalgama no es casual: MORENA no es un partido cohesionado por una ideología clara, sino una coalición de poder como todos los partidos actuales lo han sido en algún momento histórico. Sin embargo, este proceso de consolidación ha marginado a los sectores que inicialmente apoyaron al partido, como las madres buscadoras, comunidades indígenas, ecologistas y el colectivo LGBT, quienes encuentran cada vez menos espacio en un proyecto que prioriza el pragmatismo sobre la justicia social.

 

Una herencia inescapable. 

 

Un factor clave para entender la presencia de chapulines en MORENA es el origen de sus fundadores. Muchos de los líderes del partido, incluido su fundador, se formaron en los cuadros del PRI durante su época de dominio absoluto. Aunque algunos de estos líderes adoptaron un discurso progresista al salir del tricolor, su visión política sigue impregnada de las prácticas y lógicas priistas: centralización del poder, clientelismo y una concepción jerárquica de la política. Los chapulines que hoy llegan a MORENA no hacen más que regresar a un entorno familiar, donde las dinámicas de negociación, lealtad al líder y pragmatismo son las mismas que aprendieron en el PRI. Este reciclaje de figuras no representa un cambio, sino una continuidad de las estructuras de poder que han definido a México por décadas.

 

La democracia ausente: la ignorancia como barrera

 

La raíz más profunda de este fenómeno es la falta de educación cívica en México. La mayoría de la población no comprende cómo funciona el gobierno, la división de poderes o la importancia del estado de derecho. Sin este conocimiento, la democracia se reduce a un ejercicio ritualista, donde el voto no refleja una decisión informada, sino una reacción emocional o un acto de fe en figuras carismáticas. Mientras la ciudadanía no entienda que el poder no reside solo en el presidente, sino en una red compleja de actores e instituciones, los chapulines seguirán saltando de partido en partido, y los grupos de poder seguirán dictando el rumbo del país. Sin educación cívica, no hay democracia, solo una simulación donde los mismos intereses prevalecen bajo diferentes colores.

 

El fenómeno de los chapulines priistas no es un accidente, sino una consecuencia lógica de un sistema político diseñado para perpetuar el poder de unos pocos. Mientras los partidos sean vehículos de conveniencia y no de principios, y mientras la población carezca de las herramientas para exigir rendición de cuentas, los saltos partidistas seguirán siendo la norma. Para romper este ciclo, México necesita no solo una transformación de sus instituciones, sino una revolución en la conciencia cívica. Solo un pueblo informado, capaz de entender y cuestionar las dinámicas del poder, podrá construir una democracia verdadera, donde los chapulines no encuentren tierra fértil para prosperar